Se muestran los artículos pertenecientes al tema exploraciones subjetivas.
Nudo en la Lengua

Estoy volviendo loca a la Lengua, revuelvo, busco por aquí y por allá, sacudo, vuelvo a buscar y a ensayar y a combinar, pero igual no logro hacerle decir nada. Atolondrada digo, maldigo y contradigo al infinito desdiciendo.
Ya hace tiempo que he renunciado a ser cartesiana, pero de ahí a tener que aceptar que he quedado muda es otra cosa. Acepto el silencio. Bienvenido sea primero a mi mente.
¡Saludable silencio, gustosa estaré de recibirte!
Pero la mudez…, la mudez no es silenciosa, es pura y ruidosa impotencia. Exceso desenfrenado y desafinado que no acepta ser comandado por ningún cauce pensamiento conductor. Voluptuosidad informe que no quiere ser carne de palabra alguna. Ninguna la viste bien.
Múltiples ideas se han rebelado, todas quieren ser primeras, ninguna acepta órdenes. Ni al costado, ni atrás ni en relación a ninguna otra, cada una rueda y choca y se dispara hacia donde le viene en ganas a cada segundo.
Ningún sentido podrá imprimirse con esta caótica anarquía. ¿Y no era que el lenguaje estaba para eso?
¿Serán las emociones que se están ahogando? ¿O acaso serán sentimientos contrapuestos que se están asesinando? Alguna guerra hay. Las palabras desorientadas no saben a qué atenerse. Enloquecidas y sin esperar turno intentan huir en grito. Pero el grito gordo se ha quedado quieto y no sale. El cuerpo aturdido tiembla en llamas. Y anudada la lengua, enmudece.
¡Algo va estallar, pero cómo se demora!
Imagen: Mutus Liber, Dino Valls
Despedidas

¿De qué se despide uno cuando se despide? De algo que ya se ha perdido. De algo que ya nos ha abandonado antes. De algo que no ha sido indiferente. De algo que ha dejado huella.
La huella no es la estampa de un pasado, la huella no es el recuerdo, la huella es la marca que la experiencia intensa vivida dejó, modificándonos. A causa de esa huella, ya no somos los mismos, y lo nuevo que ingrese a nuestro ser pasará por ese trazado. Esa huella ha dado una nueva forma a nuestro vacío, cincelándolo y haciéndolo más singular.
Uno se despide de lo que no quiere despedirse. Pero lo que no existe no existe, por más que nos esmeremos. Uno se despide de lo que ya no nos acompaña de ningún modo en nuestro transitar... Compañías, lugares, amores, esperanzas, posiciones que no se nutren ya con la sustancia del presente vital...
Por eso cuestan tanto las despedidas, por eso duelen tanto, porque son obligatorias en algún sentido, estamos forzados a ellas al confirmar que lo único presente es nuestra propia obstinación, nuestro perseverar. Son despedidas duelos.
El que se despide es el que se demora. Es el que se queda ronroneando en el lugar que no quiere perder. Está a la espera de la reedición de lo que fue y de lo que no quiere ver extinto. Espera una señal decisiva e inconfundible de que hay todavía algo presente y futuro. Se suelen ver muchos falsos signos. A la larga y contra nuestra ciega obstinación, nos damos cuenta... Uno se despide finalmente de una ilusión, quizá la de ser imprescindibles en algún lugar o para algunos otros. Uno se despide de la ilusión de eternidad.
Despedirse es un acto. Despedirse es dejar ir y dejar irnos. Dejar ir el pedazo que fuimos con lo que se fue y que está desgarrado. Dejar ir y dejarnos ir en la identidad que ya no puede ser confirmada por lo que se fue. Hay que renunciar a la tristeza profunda que acompaña y otorga identidad y abrirse a la incertidumbre. ¡Hay que reconstruirse!
Despedirse es restituir el vacío en nuestro ser. Dejar vacío el vacío, vacío que se había llenado con exceso de llaga, tinieblas, tristeza y penar... Dejar libre al vacío nuevamente para nuevas búsquedas y nuevos aconteceres. Es un extraño olvidar que no excluye la memoria. La memoria traerá briznas del pasado, pero justamente será un pasado que pudo constituirse en pasado, dando paso a un nuevo transitar sin trabarlo.
Sanar y un retomar las palancas vitales para seguir en la vida como sujetos deseantes y reapropiarnos de nuestro cuerpo, nuestra historia y de un posible futuro. Futuro que deje de ser la ejecución de una condena y se vuelva azaroso, imprevisible y susceptible de decisión.
imagen: Miranda, J. W. Waterhouse
Música nocturna
http://www.deezer.com/track/2595037
imagen: fugaz
Demasiada noche

imagen: pesadilla, Goñi
El faro del fin del mundo: una atracción vital

Cuando era niña...

Cuando era niña soñaba con sentarme en una nube para mirar más de cerca la luna y las estrellas. Cuando era niña subía a los techos de las casas porque imaginaba encontrar seres mágicos allí. Cuando era niña jugaba a la agencia de viajes, exploraba los Atlas para descubrir nombres de lugares donde ir, armaba folletos turísticos y posibles tours para los viajeros, siempre descubría nuevos lugares, siempre nuevas maravillas para admirar.
Cuando era niña sospechaba que habían tesoros escondidos, en los árboles, en la tierra, en las montañas, en el mar, en los bosques y en los ríos, sólo había que aprender a buscar y a mirar. ¿Qué eran los tesoros? algo especial, podía ser cualquier cosa, una piedra, una flor, una rama, algo que encontraba y devenía valioso porque era único, no por lindo, ni por feo, sino por distinto, eso lo transformaba en tesoro.
Cuando era niña me conmovían los seres apartados, solitarios y tristes, y aún sigue siendo así. Cuando era niña amaba las cerezas, su olor, color y sabor, era el manjar supremo y les suponía poderes mágicos, y aún sigue siendo así, también amaba la época de las cerezas, un fragmento del verano, me sentía animada y alegre, como pocas veces en el año, y aún sigue siendo así...
Cuando era niña me preguntaba qué sucedería después de morir, pero sobre todo, cómo sería morir y si alguien podría acompañarme; intentaba distintas respuestas pero ninguna lograba acallar mi inquietud, y aún sigue siendo así.
Duelos inconclusos

Pero cuando se siente dolor lacerante ¿es o no es? ¿por qué duele como lo irreparable de la muerte si no hay muerte? ¿será una frustración que hay que tramitar? Lo único claro: no se debe doler, no se puede duelar. Porque duelar es aceptar una pérdida ¿pero cuando no hay una pérdida real? Si no hay pérdida tangible para velar, hay dolor dueloso fantasmal e inconcluso, hay dolor mudo continuo y duelo en pausa.
Y esa especie de dolor acumulado que se siente ¿dónde se pone? Hay que meterlo en algún lado, encajonarlo para que no invada y nadie lo vea. Pero ¿es o no es?, cómo puede haber dolor, pérdida real no hay. No debería ser… Shhhh, no debe existir, no puede existir. Decretemos: no existe!
Viene la culpa que sabe que duele, ella sí que sabe que duele y ayuda; cambia dolor por castigo, castigo que traba y da un sufrimiento más concreto, más confesable. Otra cosa! Se puede mostrar. Eso sí que alivia ¿Alivia?
A veces no es el miedo...

imagen: Desnudo azul, Picasso
Experiencia cumbre

Hoy he cedido a los encantos de la banda sonora de Hable con ella, y aquí estoy, absolutamente sumergida en esta música sublime pero intratable, con ella no se puede negociar, indefectiblemente entristece. Ya lo sabía… Ahora, por ejemplo, está sonando Jordania, el violín ya está anticipando que el derrumbe es inminente, estrepitoso; una breve tregua promete pacificación para el alma, pero enseguida, todos los acordes incumplen con la promesa, y avanza lentamente, pero con vigor, la penetrante tristeza del violín que me lleva a una experiencia cumbre de belleza hiriente. Un raro deleite.
La música es un regalo glorioso de los dioses a la vida humana que compensa su mortalidad… Chispas de eternidad ofrecida a los hombres dignificándolo. ¿Acaso escuchar a Bach o Satie no son experiencias de eternidad? Lo es para mí. Cada cuál, desde su singularidad, busca sus músicas…
Hay música que enciende, música que pacifica, música que revoluciona, que acaricia y que ennoblece. La música va forjando el carácter, refina las emociones y las percepciones y permite descubrir, de un modo peculiar, único e inclasificable: el vértigo, la voluptuosidad, la embriaguez, la belleza y la locura...
Celebro tan bello milagro que nos redime del ruidoso silencio que habita en nuestro ser y nos permite oscilar entre el Cielo, la Tierra y el abismo.
Imagen: el violinista azul, Marc Chagall
Insomnio y escritura

Noche petrificada. Imágenes inexorables que desfilan y crecen… Sensaciones que se agudizan en distintas partes del cuerpo. Posiciones que sucumben a la impaciencia. Latidos que se vuelven furiosos y conscientes… Hasta que aparece el indicador irrefutable, sí, el insomnio viene a instalarse: el latido en la oreja en contacto con la almohada! Un verdadero tormento. Además, es absolutamente incomprensible, ¿qué tipo de latido es ése? ¿desde cuándo una oreja late? Primera desmentida: esto no puede estar ocurriéndome. La irracionalidad perturbadora de ese fenómeno, además de la molestia, me conducen a una deriva enloquecida de pensamientos que ensayan rescatarme.
Suelo pasar a la etapa ’desvío hacia lo exterior’, y así aparece la espera del próximo auto, luego la atención extrema al que pasa… Irrumpe una enorme fauna nocturna que parecía desconocer durante el día. Paredes que crujen. Goteo de canillas lejanas o imaginadas. Acoso de gotas de plomo!
Probemos otra cosa! Pasemos a la historia, ésta es una etapa algo más "psi", empiezo la reconstrucción imaginaria del día para despejar alguna molestia y para hacer tiempo hasta que me sorprenda el sueño.
Nada. Pasemos a la etapa “biologista”. ¡Tomé mucho café! ¡Comí demasiado! ¡Vamos al baño! ¡Vayamos a buscar el trago de agua! ¡A ponerse los soquetes para los pies demasiado fríos! Nunca falta la esperanzada reparación en el armado de la cama: estirar la sábana y el dar palmadas a la almohada. Minutos enteros para acomodar y ajustar la colcha… Cada ritual adquiere un tinte decisivo..., ya viene, ya viene…
Lo teórica y técnicamente más eficaz es acudir a alguna cara fantasía para crear la apacibilidad necesaria para detener la mente. A veces no funciona, interrumpen preocupaciones, o lo que es peor, irrumpe esa censura burlona que te dice que eso es imposible, ridículo, intrascendente y un largo etcétera…
Censura que te hace metástasis en el cerebro y te advierte que cualquier idea consuelo es eso: idea consuelo, y te recuerda todo lo que no eres, lo que no has hecho, lo que no puedes ni podrás jamás… Censura que no te da crédito para el futuro y te reenvía al desfile de tus resbalones en la vida, de tus equivocaciones, de tus momentos de desamparo, y atrapada entre las sábanas que ajustaste, no te queda otra que mirar y lamentarte…
Ninguna duda: se trata de esas noches en las que no te puedes ilusionar tranquila.
¿Vendrá la vejez junto con el insomnio? Se me criticará que no cuestione esta conjunción prejuiciosa que consagra el sentido común. Pero intentemos avanzar. A esta altura me vienen esas ideas… ¿Para qué dormir tanto si me queda tan poco de vida? En sentido estricto solo niños y jóvenes pueden dormir, tienen todo el tiempo por delante, viven como inmortales…
Está bien, no soy tan vieja, no importa, una vida puede ser joven y detenerse de golpe. Justamente, esta conciencia es la que nos delata como seres de mediana edad: somos jóvenes y nos podemos morir igual, aunque nada trascendente hayamos hecho en nuestra vida, aunque no hayamos cumplido nuestros deseos... La espera desespera. Es en esos momentos en que advierto, con la certeza de lo evidente, que EL CUERPO NECESITA ESCRIBIR PARA VIVIR; será el texto inconsciente que produce el sueño o mi relato frente a la máquina o un papel… Me levanto y escribo. Y el espíritu de pesadez desaparece y las gotas de plomo en el oído cesan… A veces, luego de escribir un rato, despierto al sueño de la vida otra vez…
Imagen: la noche de los íncubos, Lorenzo Goñi
